Buenos días a todos mis amigos y seguidores del blog. Antes de empezar a grabar, estaba leyendo un libro de Javier Cercas titulado El loco de Dios en el fin del mundo, en el que narra su experiencia acompañando al Papa en un viaje a Mongolia. Cercas, que representa esa corriente de ateísmo militante moderno, me hace reflexionar sobre cómo hoy muchos ateos adoptan una actitud de superioridad parecida a la que antes tenían los creyentes. Y en parte no les falta razón, porque las iglesias, muchas veces, han defraudado de manera clamorosa el mensaje de Jesús.
Aprovecho también para expresar mi decepción con la editorial Herder, a la que envié mi libro El grito del ser el 23 de diciembre del año pasado. Hasta hoy no he recibido respuesta alguna, y me parece una falta de respeto hacia quienes confiamos en ellos nuestro trabajo. Yo, en cambio, siempre he respondido a todos los mensajes que me han enviado durante 15 años en mi videoblog, con atención y respeto. Solo pido eso mismo.
Este libro mío, que pronto publicaré por algún medio, es un libro valiente. En él está mi ideal, mi coraje, mi deseo de transformar el mundo. Por eso quiero hablar hoy de Espartaco, ese esclavo que se rebeló contra el Imperio Romano. Espartaco tenía un ideal: la libertad. Su ejemplo muestra que incluso un esclavo puede cambiar la historia si lleva un ideal en el corazón. Él liberó a miles de esclavos y puso en jaque a Roma, algo inmenso en su tiempo.
Hoy seguimos necesitando muchos Espartacos. Aunque pensemos que la esclavitud ya no existe, lo cierto es que sigue habiendo miles de esclavos modernos: personas atrapadas por la miseria, por la corrupción, por un sistema que los margina. Me da vergüenza ver a los ricos ostentando su lujo en lugares como Ibiza o Benidorm, mientras en el Mediterráneo mueren tantos por buscar una vida digna. Esa obscenidad es una forma de corrupción extrema.
Un ideal no es una simple idea. Es una fuerza interior que nace de modelos que interiorizamos desde la infancia —en mi caso, mi padre, un hombre íntegro, honrado, que me marcó profundamente— y que luego se va estructurando con la cultura y los valores que adoptamos. La cultura actual, sin embargo, nos invita solo a consumir, a divertirnos, a buscar placer, y eso es una forma de esclavitud.
Yo quiero otra cosa. Quiero vivir con dignidad, con un proyecto, con un ideal que me ennoblezca. El ideal de liberarme a mí mismo y ayudar a liberar a los demás. Eso nos hace verdaderamente humanos. La democracia liberal actual no basta. Tenemos que aspirar a otra democracia, más profunda, más justa, más humana. No se trata de imponer nada por la fuerza, sino de evolucionar hacia algo nuevo, auténtico.
Espartaco no fue solo una figura de película. Fue un hombre real, con un ideal verdadero. Ese ideal debemos hacerlo nuestro. Hasta que no tengamos ese ideal de transformar el mundo, no seremos plenamente humanos. Solo seremos un proyecto inacabado.
Gracias por escucharme.
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